Recuerdo el verano que te fuiste con los párpados pesados y las manos estranguladas por el agotamiento de saber que fui el que despojó tus últimas ganas de libertad. Pensé que debería haber mirado tres veces antes de querer reírme por el estúpido intento de levantarme a gritar tu nombre antes de tomar la decisión. "Qué más da", era la conclusión mediocre que damos todos cuando estamos hasta el hastío del tema que se repite una y otra, una y otra, una y otra vez. Y, ¿qué más daba? si da lo que se tiene hasta no querer dar más, una lógica irrelevante dentro de las pestañas largas que gustaban tanto a cualquier otro, menos a mi.
Recuerdo, tus memorias vacías que cantabas en la esquina de la habitación deseando minimizar la golpiza que diste al hombre por haber leído el pensamiento de la nube sobre ti. Mentira. No puedo creer las líneas. No puedo, abrazar los recuerdos que mantenían el equilibrio entre tu amor y mi oscuridad perdida, dañina, desafiante, culpable, victimaria, asfixiante, pesimista, egoísta, bipolar y a veces, infantil.
Pero siempre serás un buen recuerdo, repito, al recordarte, y me miento dentro de mis ojos. No habrá nadie que me quiebre como tú lo hiciste, repito, y me lo creo.
Te advierto, por más que quieras, no puedes mantener lo que ya no existe, menos, lo que nunca debió nacer. Vete con tus sombras de escombro.
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